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VIAJE AL OESTE DE EE.UU.

“Ultreia”, ¡vamos más allá! En busca del oeste de Estados Unidos.

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Viajar hacia el Oeste ha sido en la epopeya humana de cualquier civilización un vector permanente de la ambición que nos mueve, de la búsqueda curiosa de lo nuevo, de la persecución legítima de la felicidad, de la corriente que nos empuja a descubrirnos, y de la comprensión de la riqueza material y espiritual.

San Francisco, San José, Visalia, Barstow, Las Vegas, el Gran Cañón de Colorado. Seguimos en un viajar hacia el oeste para llegar hasta Hawaii, Honolulu y Lanikai, antes de volver al este y terminar en  Las Vegas.

 

Texto por © Juan Pablo Fernández Barrero

 

“Viaje al Oeste” es una de las cuatro obras clásicas de la literatura china, que narra las aventuras del monje Xuanzang en su anhelo de conocer y poseer las escrituras de Buda en la India. Desde Micenas, Focea o Tiro, las embarcaciones impulsadas por el comercio de metales y haladas por la mitología envolvente de los voceros en las ágoras de las metrópolis del Mediterráneo oriental, ponían en la Antigüedad rumbo al Oeste con las bodegas cargadas de aceites, vino, especias, cerámicas y artesanías, para trocarlas por oro, plata, cobre, estaño y plomo de Tartessos.

Kolaios de Samos navegó hacia el Oeste para encontrar el Jardín de las Hespérides en la baja Andalucía, el paraíso que Herakles fundó más allá de las columnas, que aún hoy presiden majestuosamente el estrecho de Gibraltar.


Desde el siglo XI es un viaje al Oeste el que sigue tratando de ofrecer un sentido a la vieja Europa, que por buscar otros puntos cardinales en el compás de la rosa de los vientos, titubea y anda desorientada y deprimida. Ese Camino ilumina la senda y para los que nos hemos dejado llevar por él, enseña que el pórtico de la Gloria no está solo en el Obradoiro, sino en la determinación de ponerse en el camino, salir a lo desconocido, abrirse al otro, encontrarse en la ruta.
Mapa descriptivo del cuarto viaje de Colón hacia el oeste.

Colón navegó hacia el Oeste para explorar otras vías hacia las Indias, y para siempre nos regaló el Nuevo Mundo.

Los misioneros españoles primero, y los colonos anglosajones después, abrieron la puerta a la conquista del Far West, en la que no faltó la leyenda de la fiebre del oro sobre la que se asentó el sueño americano,  el sentido del sacrificio, el esfuerzo y el trabajo como piedras de clave de la prosperidad y del equilibrio entre el individuo y la comunidad. Esa unión que queda tan bien proyectada en la bandera de las barras y las estrellas, y que este año hemos ido a descubrir en nuestro viaje al Oeste.
"Ultreia", Plus Ultra, más allá, es el saludo medieval utilizado por el peregrino de Compostela.
Letrero de Ultreia "más allá" en el Camino de Santiago. Crédito de foto: viajecaminodesantiago.com

Hay algo sobre la luz en esto de viajar hacia el Oeste. Al levantar cada mañana, el sol invita a mirar hacia el Oeste, y obliga a pisar tu sombra para avanzar, es decir, a negarte un poco para ir más allá. “Ultreia”, plus ultra, más allá, es el saludo medieval del peregrino de Compostela. Un campo de estrellas cuya luz también apunta hacia Occidente para alumbrar las respuestas a todas las dudas.

San Francisco recibe al viajero del Oeste como Finisterre, envuelta en la humedad de la densa neblina que atraviesa velozmente la elegante levedad de los tirantes del Golden Gate.
La neblina cubre parcialmente el mítico Golden Gate, símbolo dela ciudad de San Francisco.

El viejo tranvía de madera que se agarra a sus cuestas imposibles, suena igual que los ejes de las primeras diligencias de la Wells Fargo, que traían el correo desde Nueva York. Paradas en el tiempo, las casitas de Álamo Square que vieron nacer el movimiento hippie, que proclamaba paz y amor para un mundo exhausto tras las dos guerras mundiales de la primera mitad del XX, conviven con el aire distinguido de Union Square, los rascacielos del distrito financiero, o los comercios de Chinatown. La bahía lo envuelve todo, y el Pacífico se cuela entre la animación de Fisherman Warf, donde los leones marinos toman el sol. Un sol que no quiere perderse al músico callejero que hace bailar funky a una familia negra y con ella a toda la calle. América suena a la libertad que marca ese ritmo que llama a todos.

San José acoge entre las preciosas casas de Palo Alto a la gente que está pensando el mundo que viene.

Nuestro futuro, la manera en que vivirán nuestros hijos, se experimenta en los crisoles de este laboratorio que es Silicon Valley. La sede de Apple, una enorme circunferencia de cristal y acero aterrizada en medio de un bosque, muestra una ventana a la tecnología que se debate entre la inteligencia artificial y el humanismo inteligente, en un punto donde todo será posible.

Luego, cosas del destino, una sequoia de más de 2.000 años de vida nos devuelve de golpe a la naturaleza, que siempre nos supera y nos sorprende. Tras atravesar el inmenso jardín de agricultura extensiva de California, Visalia nos recibe como ciudad de paso hacia el desierto, y nos asomamos a la vida provinciana del bar americano, la burguer y una velada con música y baile de vecinos que buscan un momento de ocio tras la dura faena en el campo.
Típica imagen americana, en este caso del Motel Barstow, en plena Ruta 66.

El reloj no avanza en el Valle de la Muerte. Una recta de 150 millas se pierde en un mar de tierra y cactus, con 40 grados celsius que definen mejor los 105 farenheit. Barstow aparece como una gasolinera vintage aislada en medio de la histórica Ruta 66, y comprar una botella de agua se convierte en una aventura. Al final, Las Vegas surge allí en medio como un memorial de la sociedad de consumo, y a pesar del trasiego de gentes diversas que la pasean admiradas, las luces que la incendian, la arquitectura simulada que la adorna y la espectacularidad de las fuentes que la refrescan, un aire retro, sórdido y antigüo, como las moquetas que alfombran las máquinas tragaperras y las mesas de la ruleta de la fortuna, destila alguna miseria de la condición humana junto al ruido continuo de la diversión impostada y de la suerte esquiva. Sin embargo se respira alegría y hay cierta complicidad entre los curiosos  que no hemos ido a jugar, sino a descubrir una obra singular.
La zona desértica del Valle de la Muerte, en la Ruta 66, está considerada oficialmente el lugar más cálido del planeta.

El Gran Cañón del Colorado es una de esas maravillas que no puedes dejar de visitar, aunque sea una vez en tu vida.

Es eso que, como dicen los americanos, "once in a lifetime".
Vista panorámica del Gran Cañón de Colorado. Pulsar para ampliar.

Al día siguiente otra vez la naturaleza vuelve a situarnos. Un helicóptero nos hace volar entre las paredes de mil tonos rojos y trescientos metros de corte del Gran Cañón, en este caso una obra de millones de años del Río Colorado, que aún conserva el color que le da nombre y el caudal paciente que logró la maravilla. Una maravilla del mundo que nos maravilla. Algo que hacer una vez en la vida, eso tan americano como “once in a lifetime”.

Otro vuelo, está vez seis horas, nos conduce a un destino distinto al que se puede denominar como el paraíso: Hawaii.
Este monumento situado en Honolulu rinde memoria a las miles de víctimas del terrible ataque en la Segunda Guerra Mundial.

Desde el avión adivinamos el perfil de Pearl Harbor, al Oeste de Honolulu. Ya el aeropuerto anuncia que aquí el tiempo se mide de otra forma. La humedad y el aire fresco del Pacífico antes de recoger el Jeep, envuelven al bus que avanza a unos 10 kms/hora como mucho entre las terminales. The Kahala Resort, a la orilla del este de O’ahu, es un hotel familiar con playa donde por primera vez nos arañó el alma Hawaii. El mar caliente, la brisa constante del norte que mueve las palmeras, el sonido lejano del ukelele, y la hospitalidad sincera y ancestral del “aloha” que va mucho más allá de nuestro “hola”, es como un vino lento que marea suavemente.
El Memorial USS Arizona, en Pearl Harbor es visitado por miles de personas para rendir memoria a las víctimas. Imagen de nos.gov
A cinco mil kilómetros del continente más cercano, estas islas polinesias del hemisferio norte son perlas que se ofrecen sin rubor.

Paz es la sensación que te deja Hawaii. Nunca un océano, llamado Pacífico, tuvo un nombre tan adecuado.

Hanauma Bay

Aún se puede oír en el viejo hangar de la base, la banda de la Armada tocando alegre “Moonlight Serenade” de Miller, la noche del 6 de diciembre del 41. A la mañana siguiente, cambió el mundo para siempre. El honor, el respeto y la memoria de los caídos por la nación lo invaden todo y presiden la excelente muestra de la historia. La cubierta hundida del Arizona puede verse desde el lugar exacto de la cubierta del Missouri donde se firmó el fin de la Guerra. A cinco mil kilómetros del continente más cercano, estas islas polinesias del hemisferio norte son perlas que se ofrecen sin rubor. La breve ruta hacia el norte nos descubre la orografía volcánica que el tiempo y la humedad han pintado de verde brillante y valles irreales.

El de los Templos acoge rincones de una paz desconocida. Un baño en Lanikai precede una puesta de sol que nos obliga a parar el coche. Los corales de Hanauma Bay nos dejan asomarnos desde unas gafas de buzo, al rico y colorido mundo submarino del arrecife. Y una muestra de las culturas polinesias nos acercan al modo de vida y a la expresión de los valores de las islas, que nos hacen repensar los nuestros.

Sabiduría, respeto, solidaridad, defensa, naturaleza, vida, elegancia y alegría se hacen evidentes en las danzas y en los cantos que nacen en el Pacífico. Nunca un océano tuvo nombre tan adecuado. Paz es lo que nos deja Hawaii, y nos conjuramos para volver algún día si la vida nos lo permite.
Dato curioso ...

Consecuencia de la continua actividad del volcán Kilauea, Hawaii crece 17 hectáreas cada año.

Llegamos a Los Ángeles y su aeropuerto ya nos predice cómo será la ciudad.
En Rodeo Drive, en el lujoso barrio de Beverly Hills, se dan cita todas las mejores boutiques y tiendas de alta gama.

Caos, tráfico, prisas, otra dimensión menos humana. Sunset Boulevard presenta su mejor cara, la arteria que recoge la circulación de un sistema de urbanizaciones que Beverly Hills bautiza con el nombre de la riqueza, la fama y el lujo de Hollywood. Los estudios Universal se abren en canal para demostrar que la ilusión se hace realidad en las películas, y que el cine puede trasladarnos a las emociones más diversas. Los pájaros de Hitchcock, el motel de Norman Bates, el castillo de Hogwarts o el reloj de Regreso al Futuro, existen.
No solo las estrellas del cine tienen su estrella en el Paseo de la Fama. Recordando a los primeros astronautas que alunizaron en la Luna.

Las estrellas del Paseo de la Fama, y las manos y pies de los artistas que emocionaron al mundo, son destellos de esa luz que esperábamos en el viaje hacia el Oeste. Por fin el Pacífico nos despide en el muelle de Santa Mónica, allí donde acaba, como en Finisterre, esta Ruta 66 de la búsqueda de nosotros mismos.
Volvemos al Este, para seguir soñando con viajar al Oeste.

Especial agradecimiento al autor de este articulo, mi querido Juan Pablo Fernández. Se ha acordado de este humilde blog (y por supuesto que no podía decir que no) para compartir un viaje especial con la familia. Me dice él que era la despedida de una etapa. Esa en la que los niños dejan ya de serlo pues se lanzan a otros vuelos universitarios, y ya no es fácil meterlos en el equipaje.
Efectivamente (a mi me pasó algo parecido), son viajes que dejan mucha huella. Gracias de nuevo, Juan Pablo, por querer compartirlo y, además, en el día de tu cumpleaños. Siempre salud, ciudadano!!

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